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Blog UCA

Las psicologías que hacemos, a la luz de Investigación interinstitucional en psicología.

Miguel Angel Sahagún Padilla
https://orcid.org/0000-0002-8836-1358

El libro a partir del cual elaboro una serie de comentarios es un ventanal a algo más grande que el propio libro. Quizá todo libro lo sea, pero este en particular es un ventanal a un paisaje extrañamente familiar, un paisaje poblado de experiencias, anhelos, esperanzas, logros, desencuentros, malentendidos, ilusiones y desilusiones de eso que insistimos en llamar psicología. El ventanal, de más de 200 páginas, pone contornos a esa psicología: su resistencia a presentarse en plural; sus esfuerzos —mejores o peores— por escuchar malestares e ilusiones; sus ganas de responder con alguna recomendación precisa; su insistencia en decirse y creerse que hay una forma adecuada de hacer las cosas, su tendencia a elaborar legislaciones implícitas; su resistencia a mirarse a sí misma y a dejarse mirar; las servidumbres que tanto le molesta admitir; su esporádica participación, aunque sea a regañadientes, en reuniones de familia con otras ciencias sociales y —esto no hay que perderlo de vista— su paradójica y constante necesidad de encuentro con el otro.

Los trabajos que integran el volumen son trabajos serios, cuidadosos en sus propios términos, realizados de forma colegiada en el marco de procesos de formación de investigadores e investigadoras. La colectividad y la institucionalidad de la formación de posgrado en México se hacen presentes a través de las convergencias y divergencias propias de la dinámica de los comités tutoriales en su labor de acompañar a candidatos y candidatas al grado de doctor. En este sentido, el libro es, además, la traza de unas prácticas y unas instituciones que afectan las ideas y aspiraciones de un grupo de psicólogas y psicólogos interesados en habilitarse académicamente. Así, cada capítulo es una pieza más de la materialidad de unas prácticas que podemos entender desde la idea de un rito de paso.

Querría invitar al lector o lectora a considerar que lo que tiene en sus manos o en su pantalla puede leerse en al menos dos niveles. Además del nivel más bien temático, en el que cada autor o autora despliega su saber como especialista en torno a algún asunto de interés —rehabilitación neuropsicológica, lengua de señas, significado del trabajo, depresión, afrontamiento de un cáncer, etc.— está el nivel institucional, el de las prácticas que caracterizan la performance de eso que llamamos psicología. En este nivel —que no es otra cosa que una forma de leer— se ubica el paisaje al que podemos asomarnos desde el libro, un paisaje de amplitud considerable. En estas líneas me he propuesto señalar, a modo de sugerencia, invitación o incitación, algunos rasgos que encuentro en ese paisaje: las nociones de psicología, saber, sujeto y objeto inherentes a los estudios que el libro reúne. Se trata apenas de dos o tres apuntes; no hay intenciones de sistematicidad ni el intento de agotar las posibilidades que este material ofrece, solamente el deseo de colocar algunas marcas que nos inviten a hacernos preguntas sobre las formas contemporáneas de hacer psicología. Así, tendría que quedar claro que lo que se aborda a continuación no son los contenidos de los capítulos del libro, sino el intento por decir plantear algunas preguntas sobre aquello que los ha hecho posibles, sobre las ideas y hábitos que han sido parte de sus condiciones de posibilidad.

Me gustaría comenzar con un comentario acerca de la teoría de la actividad y la perspectiva histórico-cultural. La urdimbre socio-psicológica, ese carácter inseparable y constitutivo en la relación entre lo social y lo psíquico, nos presenta a un sujeto que es siempre producto de su tiempo, posición y relaciones. Aquí entra en juego la noción de intimidad, de eso que llamamos “interior”, sea para afianzarlo como objeto legítimo de alguna psicología o para rechazarlo como rasgo distintivo de otra. Esta noción queda radicalmente transformada porque, según la versión más conocida de la teoría de la actividad, viene siempre del exterior, aunque no es cualquier exterior; es uno conformado por relaciones, por la presencia del otro. Eso íntimo es primero es social y sólo después psíquico. Así, desde el punto de vista del sujeto, lo intrapersonal es primero interpersonal. Tenemos, si se me permite la simplificación, sujetos tejidos con contextos y relaciones, que para mirarse a si mismos no pueden “salir” de eso exterior que les constituye.

Con esto, las posibles transformaciones y la mediación reflexiva estarían de algún modo contenidas ya en aquello que se “interiorizó”, salvo que el proceso no sea del todo suave ni libre de accidentes y presente grietas, rupturas o lagunas a partir de las cuales pueda emerger lo diferente. ¿Cuáles serían las formas de estas grietas?, fenomenológicamente hablando, ¿cómo irrumpirían en la conciencia? La teoría ofrece algunas ideas al respecto desde la noción de contradicción, pero me gustaría considerar cómo entran en juego las experiencias de sufrimiento, inadecuación o sorpresa, por mencionar algunas, además de considerar la posibilidad de una lectura en clave histórico-cultural del trabajo reflexivo, particularmente aquel que invita a desnaturalizar determinadas formas de ser, hacer y estar en el mundo.

Otra versión de sujeto la encontramos en el marco del llamado procesamiento de información. El sujeto es una máquina cognitiva, que actúa según lo que haya hecho con los inputs recibidos por mediación de los sentidos. Así, a procesos cognitivos no adaptativos se seguirán respuestas —a.k.a. conductas— no adaptativas. Intervenir en este sujeto-máquina-cognitiva significa corregir el procesamiento de información, significa reordenar o reestructurar dicho proceso —si tal cosa es posible— para que sea adaptativo. Como diría Ellis, se trata de eliminar las creencias irracionales, asumiendo que lo racional es adaptativo y lo irracional no lo es. El mundo no es problemático, sólo la forma de tratar la información que recibimos de él. Si la acción no es adaptativa, el procesamiento no es racional. Entonces lo que se sostiene de fondo es la cuestión de la racionalidad versus la irracionalidad. Pero ¿quién determina qué es lo adaptativo o qué es lo irracional?, ¿a qué criterio externos se apela para poder realizar la distinción?, ¿no será que el criterio es el ajuste a alguna noción de normalidad vigente en determinado espacio social y en determinado momento histórico? Probablemente, pero si es este el criterio que funciona, lo hace de forma tácita. Y es que solo de este modo puede sostenerse el propósito de eliminar la irracionalidad, entendida así como un mal procesamiento de la información.

Por otra parte, la versión sujeto-máquina-cognitiva establece una dirección quizá demasiado simplista en la relación entre pensar y sentir. En primer lugar, se opera en el supuesto de que ambas formas de actividad del organismo son claramente distintas. En segundo lugar, se establece una línea causal entre ambos, en la que P→S, es decir, pensar determina sentir. ¿Y si pensar y sentir no fueran actividades distintas sino facetas de algo más complejo?, ¿y si la relación entre ambos fuera a la inversa?, ¿y si hubiera una correlación espuria que se explicara por una tercera entidad que incidiera tanto en el pensar como en el sentir?

Si bien se entiende el éxito de una aproximación que, dada su claridad y facilidad de comprensión, abre la puerta a formas de intervenir más fácilmente justificables, las preguntas que surgen de todo aquello que hay que ignorar para poder operar con este modelo de sujeto —y que estoy lejos de agotar aquí— son quizá demasiadas.

Otra de las versiones de sujeto que se hace presente en el libro es clásica y fundamental en la formación psicológica básica. Se trata de la versión de un sujeto compuesto por un seria de características discretas —los rasgos— que se presentan en mayor o menor medida en cada individuo y que en conjunto definen la llamada “personalidad”, la cualidad de ser persona. La personalidad es algo que se tiene y que te tiene, que te distingue y que simultáneamente te iguala a otros. Como dispositivo, la personalidad cobra forma con la aplicación de algún sistema clasificatorio de los modos de estar y hacer en el mundo, fundamentalmente en el mundo del yo en relación con el otro. Mientras más genérico sea el sistema el sistema clasificatorio, mayores pretensiones de universalidad pondrá en juego. Pero cabría preguntarnos por el origen de la mirada clasificatoria, por el punto de vista y la posición del observador a la que remiten las categorías, por los saberes que las informan. Y cabría preguntarnos además por la dimensión axiológica que portan; es decir, por lo que promueven como deseable o indeseable.

El caso de los famosísimos Big Five puede ayudarnos a ilustrar la cuestión. Tomemos y examinemos esos grandes cinco: neuroticismo, extroversión, apertura a nuevas experiencias, amabilidad y responsabilidad. ¿No les parece que resultan demasiado convenientes para establecer aquello que caracterizaría a personas mejor o peor integrables a un entorno laboral? Permítanme hacer el siguiente ejercicio. Pongo un anuncio con una oferta de empleo: “Busco personas adaptadas, extrovertidas, abiertas a nuevas experiencias, de trato amable y altamente responsables. Interesados inbox”.

¿Qué sujeto promueven pues modelos como estos? Un sujeto que sea pensado —por los otro y por sí mismo— desde unas ategorías que resultan extremadamente convenientes considerando las instituciones que dominan los modos de vida contemporáneos: escuela, trabajo, etc.

Para concluir, me gustaría hacer una reflexión sobre las formas de evaluar intervenciones, cuestión que, en primer instancia, aparece como un problema técnico, pero que inevitablemente conlleva consideraciones epistemológicas y —anticipo algunos ceños fruncidos— políticas. En términos generales, los trabajos de corte evaluativo suelen privilegiar las formas de intervención de corta duración, completamente pre-estructuradas y centralizadas en su implementación. Todas estas cualidades indican que se trata de formas de intervención que, pasando por alto los méritos que puedan tener —y espero que en alguna medida los tengan— se caracterizan por entenderse plenamente con las instituciones, por ser compatibles en un sentido fundamental, con la lógica contable-administrativa.

Por otra parte, muchos de los textos destinados a evaluar formas de intervención se hacen desde la apuesta clara por una de estas formas. Con frecuencia, los títulos de este tipo de trabajos comienzan con las palabras “Evaluación de la eficacia de un tratamiento fulanito de tal para tal problema” y, habitualmente, lo que interesa es dar algún sustento al tratamiento fulanito de tal. Así, estudios de este tipo se estructuran retóricamente para tales efectos. Una de las tácticas que resulta claramente identificable, es la de emplear determinado reclamo a modo de eslogan, repetirlo en distintas publicaciones y presentaciones, en entrevistas y notas de prensa, de modo que se logra familiarizar a una audiencia con el contenido del reclamo. La audiencia lo repite, dado el prestigio del medio o del vocero del reclamo y contribuye al mismo efecto. “Oiga, es que la terapia fulanita está basada en evidencia”. ¿En qué evidencia?, ¿cómo se produjo esa evidencia?, ¿de qué formas podría interpretarse? Bueno, esas son preguntas que no todos se hacen.

Sin embargo, necesitamos pensar en la eficacia de los tratamientos. Decididamente. Solo que quizá tendríamos que comenzar por pensar en cómo estamos pensando en la eficacia de los tratamientos; eficacia de qué, eficacia para quién.

Concluyo: los capítulos de este trabajo colectivo son producto de los esfuerzos y las direcciones que sigue una psicología con múltiples voces, una psicología que quiere participar en la construcción de un mundo mejor aunque no siempre se plantee discutir cómo sería ese mundo. Con mis comentarios pretendo algo más que celebrar estos esfuerzos y, por supuesto, recomendar su lectura a colegas y estudiantes; me interesa recordarnos que, para dimensionar mejor lo que vamos haciendo y para encaminarnos hacia una práctica más
responsable, necesitamos darnos tiempo para examinar los supuestos desde los cuales estamos haciendo psicologías; no me refiero a las ideas que declaramos como nuestro marco, sino a las que efectivamente nos están orientando y que no necesariamente son evidentes. Así es como me gustaría invitar a la lectura de este trabajo, desde la pregunta y la mirada atenta.

Luna, M. G. y Montes, R. (Eds.). (2020). Investigación interinstitucional en psicología.

Nuevos desafíos para el siglo XXI. Grañén Porrúa; Universidad de Guanajuato.

http://cdn.mgporrua.com.mx/investigacion_interinstitucional_en_psicologia_b.pdf